LA INTERRELACIÓN ENTRE MODO DE VIDA Y FENÓMENOS VITALES…         109

 
LA INTERRELACIÓN ENTRE MODO DE VIDA Y

FENÓMENOS VITALES EN LA POBLACIÓN PREHISTÓRICA DE MÉXICO. UNA RECONSIDERACIÓN NECESARIA

 

 

Rocío Hernández Flores*

Posgrado en Antropología, Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA), Universidad Nacional Autónoma de México

 

Carlos Serrano nchez**

Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA), Universidad Nacional Autónoma de México

 

RECIBIDO: 21 DE JUNIO DE 2017; ACEPTADO: 10 DE SEPTIEMBRE DE 2017

 

 

Resumen: Durante los últimos años, los estudios realizados en sociedades cazadoras-recolectoras del periodo arcaico en nuestro país, se han incrementado notablemente, incluyendo los realiza- dos en la perspectiva de la antropología física. En esta última, no obstante, muchas veces nos hemos olvidado de conocer o entender el tipo de sociedad que estamos estudiando. Utilizar el concepto de cazador-recolector implica una forma específica de organización social que no puede ser vista mediante ninn material arqueológico, sino que está orientada por concepcio- nes tricas previas. Por ello en este trabajo se hace una breve descripción del tipo de sociedad a la que pertenecieron los primeros pobladores de México y los principales rasgos que la caracte- rizaron, como una necesaria reconsideración en los estudios biológicos poblacionales.

 

Palabras clave: cazadores-recolectores, arqueología social, restos esqueléticos, Pleistoceno tardío, Holoceno temprano-medio, prehistoria mexicana.

 

Abstract: During the last years, the studies carried out in hunter-gatherer societies of the archaic period in our country, have had a great boom, including those realized from the physical ant- hropology perspective. However, such perspective has often forgotten to get to know or un- derstand beforehand the type of society studied. Using the hunter-gatherer concept implies a specific form of social organization that cannot be seen through any archaeological material, but is guided by previous theoretical conceptions. So in this work, I briefly describe the type of society to which the first settlers of Mexico belonged and their main characteristic features, as a necessary consideration to biological population studies.

 

Key words: Hunter-gatherers, social archeology, skeletal remains, late Pleistocene, early-middle Holocene, Mexican prehistory.

 

* correo electrónico: armishi@hotmail.com

** correo electrónico: cserrano@unam.mx


 

 

 

INTRODUCCIÓN

Los estudios realizados en poblaciones prehistóricas en México, han sido aborda- dos desde diversas disciplinas como la arqueología, la antropología física, la genéti- ca, la geología, entre otras, han tenido un notable auge (Romano, 1955, 1963, 1970, 1974; Pompa 1988, 2006; Pompa y Serrano, 2001; Salas et al., 1988; Bautista y Pi- joan, 2002; González-José et al., 2005; López y Ramírez, 2004; Jiménez y Hernán- dez, 2011; Jiménez et al., 2003, 2006a, 2006b, 2009, 2010; Monterroso, 2004;

Terrazas y Benavente, 2006; Lascurain et al., 2006; González et al., 2002, 2003,

2006; González Arturo et al., 2006, 2008, 2013; Chatters et al., 2014, 2016). No obstante, desde la antropología física, muchas veces nos hemos olvidado de cono- cer o entender el tipo de sociedad que estamos estudiando. Utilizar el concepto cazador-recolector1 va más allá de ser visto como una forma de subsistencia, impli- ca una forma específica de organización social. Es por ello, que en este trabajo se hace una descripción breve del tipo de sociedad de la que formaron parte los primeros grupos humanos que ocuparon nuestro país, a través del hallazgo de los restos esqueléticos que han sido localizados en México.

Actualmente sabemos que el modo de vida de las sociedades cazadoras- recolectoras ha sido el más exitoso para los seres humanos, ya que durante miles de años e incluso millones de años que llevó el proceso evolutivo hacia el hombre moderno y hasta hace al menos, unos 10 000 años, ésta fue la configuración de desarrollo social en la que permanecieron (Figura 1). Incluso hoy en día, existen algunas sociedades humanas que continúan practicando esta forma de subsistencia, de tal manera que llooos estudios etnográficos realizados en sociedades cazadoras- recolectoras actuales, han sido tomados como un referente para entender y expli- car las sociedades cazadoras-recolectoras del pasado.

Una forma de contextualizar el modo de vida y organización social de los grupos estudiados en este trabajo, es a través de la arqueología social, la cual trata de reconstruir la cultura a partir del conocimiento de los procesos sociales; dicho enfoque va más allá del concepto cazador-recolector como referente a un aspecto tecno-económico de una sociedad, en tanto que trata de entender sus modos de producción, su formación económico social, su modo de vida y cultura (Lumbre- ras, 1984: 53-64; Fuentes y Soto, 2009: 7 y Ramos, 1997).

Las sociedades cazadoras-recolectoras se van a caracterizar por la ausencia de producción sistemática de excedentes, la falta de clases sociales y de propiedad. Este tipo de grupos subsisten de la caza de animales silvestres y de la recolección

 

1 La actividad de pesca también es considerada en este concepto.


 

de vegetales. Se trata de un modo de vida que implica un amplio conocimiento del medio, de los recursos y de las técnicas para aprovecharlos. El sistema de vida es nómada, en el sentido de que la población se desplaza en el territorio para opti- mizar la obtención de recursos, de acuerdo con los ciclos de vida de las especies alimenticias principales. Sin embargo, es importante señalar que no existe una sola forma de cazador-recolector, sino que en este tipo de sociedades hay cierta variabi- lidad estructural que va a definir a cada una de ellas (Acosta, 2010, 2016). El refe- rirse exclusivamente a un grupo como cazador-recolector, define únicamente aspectos tecnoeconómicos de una sociedad, por lo que algunos autores (Service, 1962; Binford, 1996; Testart, 1982; Ingold, 1983; Woodburn, 1982 y Bate, 1976) han hecho una distinción, agregando algunos otros elementos que los caractericen, como son las relaciones sociales y de manera particular, la producción.

En este caso se tomó la caracterización que hace Felipe Bate (1998) sobre la comunidad primitiva de sociedades cazadoras-recolectoras o bien, pretribales, y las sociedades cazadoras-recolectoras tribales (Bate, 1998 y Acosta, 2010, 2016).

 

Figura 1. Contraste significativo del modo de vida desde la aparición de los primeros grupos humanos hace 200 000 años, hasta hace quizá 10 000 en que aparecen los primeros agricultores.


 

 

 

LAS SOCIEDADES CAZADORAS-RECOLECTORAS PRETRIBALES

Este tipo de sociedad mantuvo una forma de economía que ha sido de gran éxito en la historia evolutiva del hombre, ya que favoreció a lo largo de millones de años, la exploración y ocupación de nuevos territorios de manera continua hasta alcanzar a poblar todos los continentes, puesto que se trataba de grupos nómadas que se desplazaban constantemente siguiendo sus fuentes de alimento. Este tipo de sociedades se basan principalmente en relaciones parentales reguladas por normas no formales, puede existir cierto grado de jerarquización, donde la cooperación y la reciprocidad son aspectos fundamentales, debido a que la organización social de estos grupos responde a mecanismos de supervivencia que permitan resolver ries- gos ante posibles carencias a través de relaciones de reciprocidad entre los miem- bros de distintas unidades domésticas o bandas mínimas. De esta forma, la reciprocidad se convierte en un derecho y una obligación, esto es, el derecho a ser asistido y con la obligación o compromiso de dar o asistir,2 ante alguna situación de carencia (Bate, 1998). El dar, recibir y devolver, son un forma de intercambio que mantiene y refuerza los vínculos sociales y hace que el grupo se mantenga cohesionado (Mauss, 2009). La reciprocidad en este tipo de sociedades, es un ele- mento fundamental, debido a que las condiciones del entorno así lo establecen, puesto que no hay previsibilidad de los recursos.

 

Organización social

En este tipo de sociedades, la reproducción del sistema social se da normalmente a través de la conducta cotidiana, en donde cada unidad doméstica o banda mínima se ocupa del orden de sus miembros y de que éstos observen y lleven a la práctica un comportamiento socialmente aceptado, que permita formar parte o continuar dentro de las redes de la reciprocidad (Bate, 1998).

La agrupación de varias unidades domésticas conformará una banda mínima de alrededor de 25 a 50 individuos. Esta baja densidad demográfica se debe a su sistema de vida, puesto que se trata de sociedades que dependen completamente de la producción de la naturaleza y su disponibilidad. Sin embargo, aun cuando las sociedades cazadoras-recolectoras se desplazan continuamente, no viven aisla- das; ocasionalmente se producen contactos con otras bandas. Este tipo de encuen- tros son aprovechados para intercambiar información de algún recurso que

 

2 Este acto de dar y recibir también se extiende a toda clase de bienes, servicios o favores, que refuer- zan los compromisos de reciprocidad (Bate, 1998).


 

pudiese ser vital para alguno de los grupos. Además de que en este tipo de reuniones se aprovecha no solo para intercambiar información u objetos, sino también información genética a través de matrimonios entre miembros de un grupo o banda con otro, lo cual reduce la endogamia. De esta forma, la agrupa- ción de varias bandas mínimas formará bandas máximas o tribus de alrededor de 500 individuos (Bate, 1998).

A pesar de que todos los grupos cazadores-recolectores comparten una base económica en común, y de las similitudes que pueden observarse en cuanto su organización social, el entorno físico va a establecer qué y cómo se pueden aprove- char los recursos que éste ofrece. Por lo que este tipo de sociedades aprenden a no sobreexplotar el medio ambiente creando mecanismos sociales que limitan la apropiación y a resolver las necesidades de subsistencia, evitando con ello, el abuso de los recursos (Bate, 1988).

 

El entorno físico y los modos de producción

Sen el tipo de medio ambiente en que se desarrolle el grupo, será su tipo de productividad, es decir, el clima, el espacio geográfico y demás elementos físicos van a marcar las diferencias de los medios de subsistencia entre una sociedad y otra. Esto es, aun cuando se puede tratar de grupos con una misma forma de subsistencia, como es en este caso la caza y la recolección, no todos cazan ni reco- lectan lo mismo, ni cuentan con el mismo tipo de herramientas para llevar a cabo esta actividad, a pesar de que puedan existir similitudes geográficas y ambientales en grupos diferentes.

La forma de explotar los recursos es una cuestión completamente cultural, puesto que cada sociedad determina la forma de cómo, cuándo y quienes se en- cargan de explotarlo, es decir, cada grupo toma sus propias decisiones. El tipo de productividad y desarrollo tecnológico va a depender del tipo de hábitat en que se desarrolle un determinado grupo. De igual forma, habrá grupos que dependan más de la caza o la pesca, que de la recolección o bien, por el contrario, algunos grupos pueden habitar sitios con tierras fértiles en donde el medio de subsistencia predominante pueda ser la recolección (Acosta, 2016).

Las sociedades cazadoras-recolectoras pretribales mantienen un modo de pro- ducción “sin almacenamiento”, puesto que las relaciones de producción están basa- das en la ausencia de la propiedad privada del territorio, por lo que dependen completamente de la producción que la naturaleza les ofrece y su producción está condicionada por la disponibilidad de los recursos (Acosta, 2016). Los alimentos se obtienen por apropiación a través de la captura (caza o pesca) y recolección, ambos son los únicos medios por los cuales las sociedades cazadoras-recolectoras pueden obtener sus fuentes alimenticias (Bate, 1998). Gracias a la dieta omnívora que ca-


 

racteriza a los humanos modernos y algunas otras especies del género Homo que los precedieron, es que su dieta puede estar compuesta de una gran diversidad de recursos alimenticios.

La obtención de recursos va a depender de diversos factores, como el tipo de fuente alimenticia que el medio proporciona, la forma de explotarlo, de preparar- lo, la abundancia del mismo y su estabilidad. Para poder desarrollar estrategias para la obtención de los recursos, estos grupos debían de tener un conocimiento profundo del entorno que ocupaban, de tal manera que se pudiese evitar el des- censo o incluso la extinción de determinadas especies (Bate, 1998).

La caza no lo proporcionaba alimento, sino también del animal cazado— se podían extraer y aprovechar algunas otras partes como la piel, los huesos que eran utilizados para la fabricación de herramientas, o bien para la elaboración de piezas artísticas, como fue el caso del sacro de Tequixquiac (Figura 2), los tendones y su uso como hilos; las piezas dentarias utilizadas como adorno y demás funciones que podía dárseles a distintas estructuras del cuerpo de la presa.

En cuanto a cómo es que se dividían el trabajo en estas sociedades; se dice que existe una división social y sexual del trabajo, donde la repartición de actividades recae de la siguiente forma: la caza, como una actividad exclusiva del género mas- culino, y la recolección como una actividad realizada por las mujeres y niños. Es

 

Figura 2. El sacro de Tequixquiac es considerado como una evidencia de arte prehistórica. Se trata  del sacro de un camélido pleistocénico, en el cual trataron de representar la forma de una cabeza de cánido. Esta pieza fue localizada en 1870, en el poblado del mismo nombre, en el Estado de México.

Imagen tomada de la revista Arqueología Mexicana, 2014.


 

muy probable que los adultos proveyeran de alimentos a niños y ancianos (Tana- ka, 1976). En México, un ejemplo de ello es el entierro 4 TC50 de Tehuacán, Pue- bla, con una antigüedad estimada en 6513 + 186 AP sin calibrar (Johnson y MacNeish, 1971). Se trata un individuo masculino, de edad avanzada, que debió ser asistido por otras personas para su alimentación y sobrevivencia. Este sujeto padeció en vida, de una serie de lesiones degenerativas en toda la columna verte- bral (colapsamiento de vértebras, anquilosis) y en algunas otras articulaciones de las extremidades, que seguramente limitaron sus movimientos. Además de perder casi todas las piezas dentarias antemortem (Hernández, 2010 y 2013).

Para poder llevar a cabo actividades como la caza, pesca o bien, la recolección, era necesario la fabricación de artefactos. Generalmente la tecnología se asocia con la pertenencia a un grupo en específico, puesto que la transmisión de conocimien- tos se hace mediante la memoria colectiva de una generación a otra, o bien, por el intercambio de conocimientos de un grupo a otro. Cuando se fabrica algún objeto útil, entra en juego la tradición (transmisión de conocimientos de generación en generación).

 

Demografía, población y salud

Como se ha venido mencionando, la idea básica es que las sociedades cazadoras- recolectoras demográficamente dependen o están condicionadas a factores ambien- tales; esto es, qué tanto el ambiente puede proporcionar sustento, de allí que su densidad demográfica sea baja. Sin embargo, la propia organización social puede modificar la estructura poblacional sin tener una relativa dependencia del medio ambiente, sino como una estrategia social que esté relacionada con no sobreexplo- tar los recursos que la naturaleza ofrece, por lo que es probable que este tipo de sociedades haya implementado sistemas de control de natalidad3 (Acosta, 2016;

 

 

3 Estudios en poblaciones cazadoras-recolectoras realizados en el desierto del Kalahari, en la década de los sesenta, han registrado la práctica de infanticidio ante la escasez de alimentos. Esto solía ocurrir cuando se presentaban defectos de nacimiento, partos múltiples (gemelos), nacimientos cercanos o bien por la edad de la madre (Howell, 1976). En el caso específico de México, un esqueleto infantil datado entre 8500 y 5000 años AP, fue localizado junto a otros tres individuos (dos adultos; un masculino y un femenino, además de otro infante) en interior de la cueva Coxcatlán, en el valle de Tehuacán Puebla. Con base en el contexto que presentaba el entierro múltiple; como fue el inter- cambio intencional de los cráneos de los dos niños y la evidencia física de haber sido cremados; pare- cen indicar que formaron parte de un ritual de sacrificio humano (MacNeish y García Cook, 1972 y Anderson, 1965). En el caso de los infantes, lo uno de ellos (entierro 2 TC50) presenta la evidencia física de una malformación: espina bífida, lo cual hace pensar que se trate un individuo seleccionado


 

Luna, 2008). En la especie humana, la reproducción biológica esta mediada por las relaciones sociales, desde las estructuras o relaciones de parentesco, las cuales están impuestas desde el nacimiento, son para toda la vida y a partir de ellas se define la posición del individuo en las relaciones de producción y reproducción (Bate y Terrazas, 2002).

Para evitar la endogamia, se daban encuentros con otros grupos donde además de intercambiar conocimientos, productos y demás, también había intercambio de genes a través de acuerdos matrimoniales.

La esperanza de vida para estos grupos era bastante reducida, ésta sería de alrededor de los 35 años, superar los 50 sería poco frecuente.4 Un estudio paleo- demográfico realizado en poblaciones del Holoceno medio-tardío, de la parte meridional de América del Sur (Suby et al., 2017), refleja la ausencia de individuos de más de 50 años de edad, lo cual sugiere que en este tipo de sociedades no solían superar esta edad, el mayor número de esqueletos se encuentran entre los 20 a 35 años de edad a la muerte. A también, registró una variación temporal demográ- fica relacionada con un aumento constante en la densidad poblacional durante los últimos 4000 os.

En México, hasta ahora los restos óseos humanos de la etapa precerámica que han sido encontrados, como puede verse en la Tabla 1, ninguno sobrepasa los 50 años. Solo algunos de ellos como los entierros 4 y 5 Tc50 de Tehuacán, la Mujer de Las Palmas y Muknal, se encuentran en un rango aproximado a esa edad (Ji- ménez et al., 2010; González A. et al., 2006, 2013; Terrazas y Benavente, 2006; Chatters et al., 2014; Serrano et al., 2016).

 

 

SOCIEDADES CAZADORAS-RECOLECTORAS TRIBALES

Cuando las relaciones de reciprocidad y la organización social de las sociedades cazadoras-recolectoras pretribales no permitieron resolver desigualdades entre las necesidades de mantenimiento, y la disponibilidad de recursos se vio limitada, este modo de producción llegó a una fase de transición conocida como revolución tribal. Se trata de un proceso social que ocurr antes de la domesticación plena de plantas y animales, y que anteced a la producción de alimentos, como un patrón de subsistencia generalizado.

 

para este evento, precisamente por su vulnerabilidad física o bien que se trate de una práctica de control poblacional (Hernández, 2010).

4 Un estudio sobre población y salud realizado entre los cazadores-recolectores !Kung del norte de Botsuana, durante los años de 1963 a 1969, indicó que la expectativa de vida de este grupo es de 32.5 os (Howell, 1976).


 

Tabla 1

Distribución por sexo y edad de los restos humanos de la etapa precerámica de México

 

Esqueleto                    Sitio del hallazgo                  Sexo             Edad


Hombre del Peñón I     Col. Peñón de los Baños,


Masculino        35-45


                                 Ciudad de México                                                     


Hombre de


Tepexpan, Estado de México       Masculino        35-45


  Tepexpan                                                                                              


Santa María Astahuacán I Santa María Astahuacán II Santa María Astahuacan III Hombre de San


Santa María Astahuacán, Ciudad de México

Santa María Astahuacán, Ciudad de México

Santa María Astahuacán, Ciudad de México

San Vicente Chicoloapan.


Femenino        25-35

Masculino        35-45

Masculino        25-35

Masculino        20-25


  Vicente Chicoloapan      Estado de México                                                      


Hombre del Peñón II     Col. Peñón de los Baños,


Masculino        20-35


                                 Ciudad de México                                                     


Mujer del Peñón III       Col. Peñón de los Baños,


Femenino         24-26


                                 Ciudad de México                                                     


Hombre de la Cueva


Cueva del Tecolote,


Masculino        25-30


  del Tecolote Ent. A       Tulancingo, Hidalgo                                                  


Hombre de la Cueva del Tecolote Ent. B Hombre del Peñón IV

Ent. 2 TC 272,

Tehuacán Ent. 3 TC 272,

Tehuacán Ent. 4 TC 272

Tehuacán Ent. 2 TC 50

Tehuacán Ent. 3 TC 50

Tehuacán


Cueva del Tecolote, Tulancingo, Hidalgo Col. Peñón de los Baños, Ciudad de México

Cueva Purrón, Tehuacán, Puebla

Cueva Purrón, Tehuacán, Puebla

Cueva Purrón, Tehuacán, Puebla

Cueva Coxcatlán, Tehuacán, Puebla

Cueva Coxcatlán, Tehuacán, Puebla


Masculino        35-45

Femenino        18-23

Masculino        25-35

Masculino        30-35

Femenino        35-40

Indeterminado       3-5

Indeterminado     Neonato


Ent. 4 TC 50


Cueva Coxcatlán                       Masculino        45-50


  Tehuacán                                                                                              


Ent. 5 TC 50


Cueva Coxcatlán                       Femenino         45-50


  Tehuacán                                                                                              


Ent. 6 TC 50


Cueva Coxcatlán                    Indeterminado     Neonato


  Tehuacán                                                                                                Mujer de Tláhuac         Tláhuac, Estado de México                      Femenino                              20-25


Hombre de Nezahualcoyotl I


Col. Arenal, Nezahualcoyotl, Estado de México


Masculino        25-35



 

Tabla 1 (continuación)

 

Esqueleto

Sitio del hallazgo

Sexo

Edad

Hombre de Nezahualcoyotl II

Col. Arenal, Nezahualcoyotl, Edo. México

Masculino

25-35

Hombre del metro Balderas

Col. Centro, Ciudad de México

Masculino

35-40

Hombre de Tlapacoya I

Tlapacoya, Estado de México

Masculino

30-35

Hombre de Tlapacoya II

Tlapacoya, Estado de México

Masculino

35-40

Ent. 2 Cueva Las Ánimas

Malinalco, Estado de México

Indeterminado

4

Hombre de Chimalhuacán

Col. Embarcadero, Chimalhuacán, Estado de México

Masculino

30-40

Hombre de Texcoco

Ejido de San Felipe-Santa Cruz, Texcoco, Estado de México

Masculino

35-45

Mujer de Las Palmas

Tulum, Quintana Roo

Femenino

44-55

Mujer de Naharon

Tulum, Quintana Roo

Femenino

20-30

Hombre del Templo

Tulum, Quintana Roo

Masculino

25-30

Hombre de Chan Hol I

Tulum, Quintana Roo

Masculino

20 -35

Hoyo Negro

Tulum, Quintana Roo

Femenino

15 -16

Hombre de Muknal

Tulum, Quintana Roo

Masculino

40-50

Joven de Chan Hol II

Tulum, Quintana Roo

Femenino

Adulto joven

Hombre del Pit I

Tulum, Quintana Roo

Masculino

Adulto joven

Joven del Pit II

Tulum, Quintana Roo

Indeterminado

Infante- juvenil

Ent. 1 Peñón del Mar- qués

Peñón del Marqués, Santa Martha Acatitla, Ciudad de México

Masculino

20-30

Ent. 2 Peñón del Mar- qués

Peñón del Marqués, Santa Martha Acatitla, Ciudad de México

Masculino

20-30

Ent. 3 Peñón del Mar- qués

Peñón del Marqués, Santa Martha Acatitla, Ciudad de México

Femenino

20-30

Ent. 1 Cuenca de México

Sin procedencia

Masculino

20-30

Ent. 2 Cuenca de México

Sin procedencia

Masculino

20-30

Peñón de los Baños V

Col. Peñón de los Baños,

                                    Ciudad de México                                                        

Masculino

35-45


 

Con la revolución tribal se desarrollaron nuevas estrategias y modos de trabajo que intervinieron sobre el desarrollo del proceso productivo; surge una nueva eco- nomía: la de producción de alimentos (mediante técnicas de domesticación de plantas o animales), o con sistemas de preservación y almacenaje. En contraste con las socie- dades pretribales, esta nueva forma de organización presenta como característica primordial, la propiedad sobre el territorio como resultado de una creciente inver- sión de fuerza de trabajo en las áreas cultivadas o en bien, en los rebaños, el sedenta- rismo y aumento demográfico (Bate, 1998; Flores, 2006; Acosta, 2016).

 

Organización social

Las sociedades tribales se van a caracterizar por mantener formas colectivas de la propiedad, lo cual es una parte de gran relevancia sobre los medios naturales de producción (la tierra, el ganado, las áreas de caza, pesca y recolección). Al desarrollar la producción de alimentos, la sociedad invierte fuerza de trabajo en los objetos naturales de producción, interviniendo en el control de la reproducción biológica de las especies alimenticias. Para estabilizar una economía sobre esas bases, se requiere asegurar la propiedad real sobre tales objetos de trabajo, con el fin de impedir su apropiación por otros pueblos. En esta sociedad, la apropiación de la naturaleza no es sólo un resultado de la producción, sino una condición para la misma (Bate, 1998). Una de las formas de garantizar la propiedad comunal, como condición para la producción, es el crecimiento demográfico, para lo cual se requiere de una nueva forma de organización social que comprometa recíprocamente a los miembros de toda una comunidad, en un sistema de relaciones de mayor escala, basado en un sistema de relaciones de parentesco clasificatorio. Surgen algunas instituciones que se encargan de regular problemas, además de administrar el funcionamiento de una

economía algo más compleja que la sociedad que le precede (Bate, 1998).

Este tipo de sociedades, a diferencia de los cazadores-recolectores pretribales que los precedieron, crecieron productiva y demográficamente, por lo que tuvieron que ampliar el uso de sus técnicas de producción hacia otras tierras, esto es, hacia sitios explotados por comunidades vecinas de cazadores-recolectores, para lo cual tuvieron que presionar y de esta forma, poder apropiarse de nuevos ambientes geográficos o bien, de generar un proceso en cadena, donde estas comunidades tuvieron que cre- cer de igual forma en producción y demografía, originando con ello una constante segmentación de las comunidades y una creciente competencia por los recursos (Acosta, 2016).

Con las nuevas sociedades tribales se intensifica el desarrollo de las fuerzas pro- ductivas, lo que lleva a una división social del trabajo entre productores directos de alimentos y artesanos. Muchos de estos productos son potencialmente intercambia- bles con otras comunidades, con el fin de obtener aquellos que requieren materias primas a las que ya no se tiene libre acceso, dando inicio a una fase denominada comunidad tribal no jerarquizada (Bate, 1998).


 

Implicaciones de la revolución tribal

Como se ha descrito, una de las primeras repercusiones que tuvo la revolución tribal fue el crecimiento demográfico, que posibilitó emplear mayor fuerza de trabajo y que a su vez, permit defender su territorio y los medios necesarios para su reproducción social. Se dio un nuevo desarrollo tecnológico, así como técnicas de trabajo que permitieron explotar de manera activa e intensiva, sus territorios; así como la implementación de sistemas de conservación y almacenamiento y la reducción en la movilidad de los grupos o bandas, con una tendencia hacia el sedentarismo permanente o semipermanente (Bate, 1998; Flores, 2006). El patrón de subsistencia cambió de ser bandas apropiadoras a grupos productores de ali- mentos, actividad que ocurr principalmente en sitios donde las condiciones me- dioambientales fueron favorables para llevar a cabo esta actividad, como el área de Mesoamérica. Sin embargo, su desarrollo en ésta área fue lento y con diversas trayectorias locales o regionales (Rosenswig, 2015).

 

 

LA OCUPACIÓN HUMANA EN MÉXICO DURANTE LA TRANSICIÓN

PLEISTOCENO TARDÍO-HOLOCENO TEMPRANO

Desde hace unos 200 000 años, cuando el Homo sapiens apareció en África, su componente genético era muy similar en toda la especie y éste comenzó a diferen- ciarse hace alrededor de 80 000 años, sen se fueron adaptando a nuevos climas, a digerir nuevos alimentos y demás (Mason y Nielsen, 2010). Por lo que cada so- ciedad desarrolló sus propias estrategias para adaptarse a su ambiente ecológico.

Cuando los primeros grupos humanos ingresan al continente americano, a finales del Pleistoceno, ocurrieron una serie de alteraciones climáticas que tuvieron un impacto en el ambiente que afectó tanto a la flora, como a la fauna. Estas fluc- tuaciones del clima durante la transición Pleistoceno-Holoceno, seguramente in- tervinieron en la variación y estabilidad de las primeras ocupaciones humanas en el continente; principalmente por los cambios ocurridos en la disponibilidad de recursos naturales que repercut en los patrones de subsistencia (Polaco y Arro- yo-Cabrales, 2001; Núñez y Grosjean, 1994).

La masa de hielo que se formó en el estrecho de Bering conocida como Lau- rentia, tuvo un efecto directo en la temperatura de todo el continente, siendo ésta más fría en la parte norte del continente y más húmeda en el sur. Este tipo de condiciones en la parte norte, causaron que plantas y animales, entre ellos los humanos, fueran emigrando hacia el sur, a sitios más lidos, como el sur de los Estados Unidos, México y Centroamérica, en donde el clima era más uniforme y estable (Polaco y Arroyo-Cabrales, 2001).


 

LAS SOCIEDADES CAZADORAS-RECOLECTORAS EN MÉXICO,

VISTAS DESDE SUS RESTOS ESQUELÉTICOS

En México, los estudios de antropología física realizados en restos óseos prehistóri- cos, con frecuencia se han referido a ellos como materiales precerámicos o grupos del periodo precerámico; englobando a todos aquellos restos esqueléticos que van más allá de los 3 000 años de antigüedad y que no presentan evidencias del uso de la cerámica, en un lo grupo social: cazadores-recolectores. Sin embargo, como hemos descrito, existen características que van a definir o a diferenciar a ciertos grupos y que en el caso particular de esqueletos humanos considerados como precerámicos de México, encontraremos que no todos compartían o se encontra- ban en el mismo desarrollo social.

En los últimos años se ha hecho el esfuerzo por conocer las edades cronológi- cas de algunos de los restos a través de dataciones directas en hueso. Sin embargo a pesar de ello, en algunos casos no se ha podido conocer este dato, debido a las condiciones físicas en que se encuentran los restos; ya sea porque no hay preserva- ción de colágeno o bien, se encuentran contaminados; circunstancias que han im- pedido tener mayor certeza sobre su cronología, y no resta más que basarse en los fechamientos indirectos que se les han practicado a algunos de ellos.

Con base en las evidencias esqueléticas y demás elementos culturales y ambien- tales que han sido localizados en contextos con presencia humana, las poblaciones prehistóricas de México muy probablemente no se encuentren en una misma fase de desarrollo social; por un lado, tenemos individuos fechados de manera directa en hueso por técnicas de Carbono 14, en más de 8 000 años AP, como Peñón III, Tlapacoya, Naharon, recientemente el esqueleto de Tlahuac, entre otros, lo cual nos indica que muy probablemente correspondan a sociedades cazadoras- recolectoras pretribales y formarían parte de las primeras poblaciones que ingresa- ron al continente americano. A también, algunos restos cuentan con dataciones más recientes, de menos de 8000 años, que han sido asociados a agricultura tem- prana o bien, hacia la transición de este nuevo tipo de economía.

 

El centro de México

Al llegar los primeros seres humanos al altiplano central de México, particular- mente a la cuenca de México, se encontraron con tierras libres de hielo, el cual únicamente cubría las montañas más elevadas del país; como los volcanes Pico de Orizaba, Popocatépetl e Iztaccíhuatl. El medio ambiente en general era seco y frío, con amplios bosques, praderas, lagos y lagunas endorreicas. Esta disponibili- dad de agua fue un atrayente que favoreció la ocupación de sus orillas por parte de plantas y animales, muchos de ellos actualmente extintos (Polaco y Arroyo- Cabrales, 2001).


 

Hasta ahora, poco se sabe sobre los primeros grupos humanos que llegaron al centro de México, la evidencia de restos esqueléticos es bastante escasa. Las condi- ciones en que se han dado los hallazgos de la mayoría de ellos —fortuito—, ha limitado en parte la información que bien pudo obtenerse del sitio en el que fue- ron localizados o bien, en algunos se perd por completo.

 

La cuenca de México

La presencia del hombre temprano en la cuenca de México, ha podido ser regis- trada a partir de la evidencia ósea y de algunas actividades que los antiguos habi- tantes desarrollaron en esta área; como son los elementos culturales. Desde esta perspectiva, el sitio de Tlapacoya, en el Estado de México, es uno de los más im- portantes de los que han sido estudiados. En él, además de realizar el hallazgo de restos óseos humanos (dos cráneos), se encontró un considerable número de ins- trumentos líticos y de algunos otros vestigios de actividad humana; como hogares y el acumulamiento de restos de fauna que sirvieron como alimento. La evidencia de ocupación humana en este lugar ha sido estimada en más de 22 000 años (Mi- rambell, 1986). Antigüedad mayor a la generalmente aceptada para la presencia humana en México.

Con base en los datos arqueológicos y paleoambientales obtenidos del sitio de Tlapacoya, se puede decir que los más antiguos habitantes de la cuenca de México compartían un modo de vida similar. La localización de hogares asociados a haci- namientos de huesos de fauna, cercanos entre ellos y ubicados en las orillas de un lago pleistocénico, además de las condiciones físicas que ofrecía este lugar (fuentes de manantiales de agua, fauna, etc.); permitieron que este territorio fuera seleccio- nado para la instalación de campamentos temporales.

Sen los datos obtenidos en el sitio de Tlapacoya, la cacería no tenía una preferencia estacional, ésta podía ser efectuada en cualquier fecha del año y basa- dos en el tamaño de los hogares, y en la cantidad de huesos asociados; todo parece indicar que se trataba de grupos pequeños, los que ocupaban por periodos cortos este lugar (Mirambell, 1986).

En la cuenca de México existen más restos humanos (aunque escasos), que al igual que los de Tlapacoya, se ubican en la transición Pleistoceno tardío-Holoceno temprano: la Mujer del Peñón III, los sujetos de Santa María Astahuacán, los hombres de Balderas y Chimalhuacán, y quizá el de Texcoco. Sin embargo, uno de los principales problemas que presentan es que todos ellos son producto de hallazgos fortuitos, de manera que no hay un claro vínculo entre éstos y algún contexto cultural.


 

Península de Yucatán

Esta región abarca los estados de Quintana Roo, Yucatán y Campeche, además de una parte de Belice y Guatemala. Su composición geológica es homogénea y está constituida por roca caliza en estratos horizontales, lo que la hace una región pla- na, con una escasa elevación del nivel del mar. No hay ríos que fluyan sobre la superficie, debido a que la actividad del agua de lluvia sobre la superficie externa de la roca caliza, se infiltra hacia las rocas del subsuelo, que dan como resultado un relieve rstico y abundantes dolinas colapsadas (cenotes), cavernas y cuevas, que caracteriza a esta zona (González et al., 2006: 73; González et al., 2013: 323; Flores y Espejel, 1994: 17). Por lo que los niveles frticos se encuentran a pocos metros bajo la superficie.

La Península de Yucatán, con los cambios climáticos que ocurrieron durante la última glaciación tuvo un considerable impacto en su geografía, principalmente con la variación en el nivel del mar, que determinó las líneas costeras y el nivel freático (González et al., 2006: 77). Se considera que hace aproximadamente hace 13 000 años AP, el nivel del mar se encontraba alrededor de 65 metros por debajo del nivel actual (Blanchon y Shaw, 1995, citado por González et al., 2006: 77). Por tanto, el incremento del nivel del mar inundó grandes extensiones de tierra en los estados de Campeche y Yucatán, que corresponde a la parte norte de la Península, en cambio, en la costa oriental que conforma el estado de Quintana Roo, estos cambios no fueron tan drásticos debido a las características geológicas que presenta esta zona.

Los seres humanos que habitaban esta área, lo hicieron en un momento en que las cuevas se encontraban secas, y no estaban afectadas por el ascenso post- Pleistoceno del nivel del mar. Se sabe que se alcanzaron los niveles de agua de hoy en día, hace alrededor de 6 600 años AP (González et al., 2006: 78; Blanchon y Shaw 1995; Gabriel et al., 2009).

El registro fósil que ha sido localizado en la península de Yucatán, sugieren que el medio ambiente de finales del Pleistoceno era árido estepario de grandes extensiones, con vegetación y praderas escasas, totalmente contrastante a la selvas bajas que existen hoy en día (Dillehay, 2000 citado por González et al., 2006).

Hasta hace más de una década, los datos prehistóricos sobre la presencia hu- mana en el sur de México, sugerían que los primeros pobladores habrían llegado a la Península hace aproximadamente 11 000 a 9 000 años; estudios realizados en algunos materiales arqueológicos localizados en las cuevas de Los Grifos, Chiapas y Loltún, Yucatán, así lo sugerían (García-rcena, 2001). Sin embargo, hoy en día podemos decir que ésta región fue habitada tempranamente, hace quizá más de 13 000 años AP, basándonos en los fechamientos directos en hueso realizados en algunos restos esqueléticos localizados en cuevas sumergidas de Quintana Roo (González, 2013 y Chatters, 2015).


 

Tabla 2

Esqueletos humanos localizados en México correspondientes a sociedades cazadoras-recolectoras pretribales

 

Área

geográfica          Esqueleto         Periodo        Fechamiento             Referencia


Peñon III


10 755 + 75 AP     González S. et al., 2006


Balderas                            10 500 AP           González S. et al., 2006

Chimalhuacan                     10 500 AP           González S. et al., 2006


Cuenca  de México


Astahuacan I Astahuacan II


Pleistoceno tardío


10 300 + 600 AP    Berger y Protsch, 1989

10 300 + 600 AP    Berger y Protsch, 1989


Astahuacan III                     10 300 + 600 AP    Berger y Protsch, 1989

Tlapacoya I                        10 200 + 200 AP    González S. et al., 2006

Tlapacoya II                       9 920 + 250 AP     Mirambell, 1986

Texcoco*                           10 000–6000 AP    Morett, 2004 González A. et al.,


 

 

Pensula de


Naharon                           11 670 + 60 AP

El Pit I                              11 332 + 64 AP


2008.

González A. et al., 2013


Yucatán


Chan Hol I                        9 589 + 49 AP      González A. et al., 2013

Hoyo Negro                       10 970 + 30 AP     Chatters et al., 2014